YOGA

YOGA
Nadie gustará de que sean engreído y egoísta. Incluso cónyuge e hijos, aunque exteriormente aparenten respetarles, no estarán felices con ustedes, si son ustedes personas arrogantes. No sólo eso: en tanto ustedes estén llenos de ego, es altamente improbable que sean realmente felices.

Tú Tienes Mi Médula - Zen - Osho

Esta música es el auténtico latido de la existencia, esta música es la mismísima puerta de la existencia.



Después de nueve años, el primer patriarca del Zen, Bod­hidharma, que llevó
el Zen a China desde la India en el siglo sexto,
decidió que deseaba regresar a casa.
Reunió a sus discípulos a su alrededor para probar su per­cepción.
Dofuku dijo: «En mi opinión la verdad está más allá de la
afirmación o la negación, pues aíe es como se mueve».
Bodhidharma replicó: «Tú tienes mi piel».
"La monja Soji dijo: «Desde mi punto de vista, es como la visión de Ananda
del país del Buda: una vez visto, visto para siempre».
Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi carne».
Doiku dijo: «Los cuatro elementos (luz, viento, fluidez y
solidez) están vacíos, y los cinco skandhas son nada. En mi
opinión, nada es la realidad».
Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».
Finalmente, Eka se inclinó ante su maestro y permaneció
en silencio. Bodhidharnía dijo: «Tú tienes mi médula».




 Puedo ver las nubes a mil kilómetros de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos...      
 ¿De qué música te he estado hablando? Los místicos hindúes la han llamado omkar, el sonido primordial. O incluso mejor, la han llamado anahata, el sonido silencioso, el sonido sin crear; el soni­do que siempre ha estado allí, el sonido mismo de la existencia. Te está rodeando, está dentro de ti, sin ti. Tú estás hecho de él.

 Así como dice la física moderna que todo está hecho de elec­tricidad, los místicos orientales han dicho que todo está hecho de sonido. En una cosa la física moderna y los antiguos místicos es­tán de acuerdo: la física moderna dice que el sonido no es nada más que electricidad y los antiguos místicos dicen que la electri­cidad no es nada más que sonido.

 Parece que si observas la música eterna desde afuera, como si fuera un objeto, entonces parece energía eléctrica. Si lo sientes, introspectivamente, no como un objeto si no como tu mismo ser, como tu subjetividad, entonces se escucha como un sonido: ana­hata; entonces se escucha como una música. Esta música está allí constantemente, no necesitas hacer nada más que escucharla. Es­cuchar es de todo lo que trata la meditación; cómo escuchar eso que ya está allí.

 En una pequeña escuela había un niño pequeño sentado en la parte de atrás de la clase, con cara de estar soñando despierto.
-Juanito -preguntó la profesora-, ¿tienes algún problema en oír?
-No, señora. Tengo problemas escuchando.

 Yo sé que puedes oír, no tienes problemas con eso, pero no puedes escuchar. Escuchar es algo totalmente diferente de oír. Escuchar significa escuchar sin mente. Escuchar significa oír sin ninguna interferencia de tus pensamientos, escuchar significa oír como si estuvieras totalmente vacío. Si tienes en tu interior, aun­que sea un pequeño temblor provocado por el pensamiento, olas de pensamientos sutiles rodeándote, no serás capaz de escuchar, aunque serás capaz de oír. Y para escuchar la música, la música ancestral, la música eterna, se necesita estar totalmente aquieta­do, como si uno no fuera. Cuando eres, puedes oír; cuando no eres, puedes escuchar.

 Todo el problema de la -religión reside en cómo no ser, en cómo estar en un silencio tan profundo que este ser se vuelva casi equivalente al no-ser, y no quede ninguna diferencia entre el ser y el no ser, y los límites entre ser y no ser desaparezcan. Eres y a la vez, en un cierto sentido, no eres; no eres y a la vez, en un cier­to sentido, por primera vez eres.

 Cuando los pensamientos no te están molestando... Los pen­samientos son como ondas en un lago; el silencio es como un lago sin ondas, sólo siendo... de repente te haces consciente de una música que siempre te ha rodeado. De repente te penetra por todos los lados. Estás abrumado, estás poseído.

 Esto es lo primero que hay que entender. No serás capaz de conocer la verdad a menos que consigas ser capaz de escuchar la música ancestral de omkar. Esta música es el auténtico latido de la existencia, esta música es la mismísima puerta de la existencia. No serás capaz de entrar en el templo de Dios si el puente no es esta música. Sólo con esta música, montado en esta música, en­trarás. El reino de Dios está disponible sólo para aquellos que se han sido capaces de escuchar la música eterna.

 Ha sido escuchada, yo la he escuchado. Tú puedes escuchar­la; nadie, excepto tú mismo, está obstaculizando el camino, nadie lo está impidiendo. Si te lo pierdes, te lo estás perdiendo por tu propia culpa. No hay un muro entre tú y la música; incluso si sientes un muro, éste es sólo el de tus propios pensamientos. E incluso entonces la música sigue penetrándote. Podrías no escu­charla, pero sigue masajeando todo tu ser; continúa alimentándo­te, continúa dándote vida, sigue rejuveneciéndote. Tu corazón late al mismo ritmo que el corazón de la totalidad.

 Siempre que tu corazón deja de estar alineado con la totalidad tienes problemas, estás enfermo. Siempre que tu corazón lleva el ritmo de la totalidad estás sano. Deja que ésta sea la definición de salud: siempre que no hay un conflicto entre tú y el todo, ni si­quiera un rumor de conflicto, estás sano. Ser total es estar sano, ser total es ser sagrado. Y ¿cuál es el modo de ser sagrado, sano y total? Tu corazón debe latir al mismo ritmo que el corazón de la totalidad. No tienes que salirte de esta línea, ni perder el paso. Es una gran danza cósmica, es una gran armonía. Cuando te sien­tes tranquilo, en silencio, sin hacer nada, en meditación, lleno de oración, de repente comienzas a disolverte en la totalidad. Te acercas cada vez más y tus pasos no se escuchan separados de la totalidad. Te vuelves parte de esta gran sinfonía. De repente estás sano, sagrado, total.


Zen
Zen 


 ¿Cómo llegas a afinarte con el todo? ¿Por qué no lo consi­gues?

Estás en continua discordia, tienes muchas contradicciones en tu interior. Estas contradicciones siguen tirando de ti como una lucha interior, continuamente, día y noche, despierto y dormido. Estás siendo tirado en direcciones opuestas. Este tenso estado de cosas no te permite escuchar.
Incluso cuando estás enamorado sigues luchando. Incluso en el amor, pierdes el paso de la totalidad. Incluso los amantes con­tinúan luchando entre ellos; si no fuera así, el amor podría con­vertirse en una puerta a la música ancestral en los pinos. Por eso Jesús dice que Dios es amor. Si amas a alguien, por lo menos abandona todos los conflictos con él, o con ella -con tu hijo, con tu esposa, con tu hermano, con tu amigo, con tu maestro-, ¡déja­los caer! Pero incluso entonces el conflicto continua; una mane­ra sutil de lucha continua. Porque si estás en constante conflicto contigo mismo, todo lo que hagas será una extensión de ese mis­mo conflicto, un reflejo de esa misma desarmonía. Esto te hace incapaz de escuchar.

 He escuchado una anécdota:

 En Europa del Este, hace medio siglo, cuando los matrimo­nios todavía se concertaban, el joven Samuel había sido presen­tado a una joven, de la que el casamentero había cantado un ma­ravilloso himno de alabanzas.
Después de una corta entrevista, Samuel se llevó al casamen­tero a un esquina y le dijo en un cuchicheo furioso:
-¿Qué mujer es ésta que me has traído? Es fea. Tiene un de­fecto en un ojo. Es tonta y tiene mal aliento.
El casamentero dijo:
-Pero ¿por qué susurras? También es sorda.

 Dios está susurrando. Dios es un susurro; tú estás sordo y Dios no puede chillar. Es incapaz de hacerlo, porque no puede ser agresivo, porque no puede interferir, porque no puede invadir, porque respeta tu libertad. Él susurra y tú estás sordo. Toda la existencia es un susurro, es muy sutil. A menos que estés afinado, a menos que te hayas hecho capaz de escuchar el susurro, no se­rás capaz de entender, no serás capaz de escuchar la música.

 Y te has vuelto muy burdo: no puedes escuchar incluso si Dios se pone a gritar. Jesús le dijo a sus discípulos: «Ir a los teja­dos de las casas y gritar desde allí. Contar a la gente lo que os ha sucedido». Tuvo que decir a sus discípulos que gritaran porque la gente es sorda.

 Se necesita una gran sensibilidad. Ser religioso es ser tremen­damente sensitivo. Y ahí está la ironía: las religiones, al contra­rio, te han hecho más insensible. Te han hecho casi grosero con su constante charla sobre conflicto, dificultad, lucha, métodos ascéticos; han hecho de la religión además un campo de batalla. Los jainistas llaman a su tirthankara, Mahavira, que significa "el gran guerrero" -como si hubiera una guerra constante con la ver­dad, como si la verdad tuviera que ser conquistada-.

 No, la verdad no tiene que ser conquistada, tú tienes que ser conquistado por la verdad. La verdad... Sólo el pensar en térmi­nos de conquista es un absurdo. Tienes que rendirte a ella. Si lu­chas con tus métodos, yogas, técnicas, te volverás cada vez más grosero. No serás capaz de sentir experiencias sutiles y delicadas que constantemente están sucediendo a tu alrededor.

 ¿Te has fijado? Si eres un músico, tus oídos se vuelven muy, muy sensibles. Si eres un pintor, tus ojos se vuelven tremenda­mente sensitivos. Entonces ves colores que otros nunca han vis­to. El verde no es sólo verde: hay mil y un matices del verde. En­tonces cada hoja del árbol es diferente, tiene un matiz diferente de verde, es único, es individual. Si eres un poeta, entonces cada pálabra tiene su propio romance; cada palabra tiene su propia música sutil, su propia poesía. Hay palabras poéticas y palabras no poéticas. Si eres un poeta te vuelves capaz de ver poesía por todos lados -siempre que miras, miras con los ojos de un poeta-. Ves algo más que nadie, excepto tú, puede ver. Te vuelves más sensible hacia todo lo que haces.

 La religión necesita la sensibilidad total de los sentidos -de los ojos, de la nariz, de los oídos, del gusto, del tacto-, porque la religión no es una parte de la vida, es la totalidad. Puedes tener oído musical y no tener ojos en absoluto. De hecho, los ciegos tienen mejor oído musical porque toda su energía comienza a ir a través de los oídos. Sus oídos se vuelven tremendamente sensiti­vos porque no tienen ojos, y a través de los ojos pasa el ochenta por ciento de la energía. Con los ojos cerrados, la energía funcio­na a través de los oídos. Los ciegos se vuelven muy musicales. Comienzan a escuchar sonidos sutiles de los que tú nunca has sido consciente. Un ciego llega a reconocer a la gente por el so­nido de su pisada.

 Yo solía ir a un ciego. Siempre que entraba en su habitación inmediatamente me reconocía. Por eso le pregunté: «¿Cómo lo haces?». Me dijo: «Por tus pisadas. Tus pisadas son diferentes a las de cualquier otra persona».

 Cada cosa es diferente. Igual que la huella digital de tu pulgar es diferente de la de cualquier otra persona en el mundo; pasado, presente, o futuro, de un modo exactamente igual, el sonido de tus pisadas es diferente, único. Nadie ha caminado de ese modo antes y nadie va a caminar de ese modo después. Pero no pode­mos reconocer a las personas por el sonido de sus pisadas, es im­posible.

 El oído puede ser extremadamente sensible; entonces te con­viertes en un músico. Si tus ojos son muy sensitivos, te convier­tes en un artista, un pintor, un escultor. Pero la religión es tu ser total -te vuelves muy sensitivo en todos los aspectos posibles-. Las puertas de tu casa tienen que estar abiertas para que pueda entrar el sol y la luz del sol, para que pueda entrar la brisa fresca y mantenerte constantemente vivo, joven, puro y vital. Se sensi­tivo si quieres ser religioso.

 Lo que estoy diciendo es casi lo opuesto de lo que te han en­señado a buscar. Si vas a tu gente religiosa, a los así llamados santos, te parecerán casi insulsos. No tienen sensibilidad; de he­cho, le tienen miedo a la sensibilidad. Han estado intentando co­mer su comida sin saborearla: lo llaman aswad. Lo han converti­do en un gran método. Mahatma Gandhi solía enseñar a sus discípulos: «Comed sin saborear la comida». Ahora bien, si tú haces esto, poco a poco perderás la delicada sensibilidad de tu lengua; Entonces no serás capaz de sentir la divinidad. Si no pue­des saborear el alimento, ¿cómo puedes saborear la divinidad? La divinidad también es alimento y en el alimento, la divinidad se esconde. Las Upanishads dicen: Annam Brahm (el alimento es brahma). Ahora, si no puedes probar el alimento, puedes ador­mecer tu lengua, tu lengua puede casi morirse, puedes seguir ati­borrándote sin saborear; entonces te estás perdiéndo una dimen­sión con la que alcanzar la divinidad. No serás capaz de entender lo que dice Jesús: «Yo soy tu alimento, cómeme». Imposible de imaginar -te comerás a Jesús también sin saborearlo-.    
  ­
 El islam se asustó de la música porque la música tiene un po­der tremendo sobre la humanidad, y es bueno que lo tenga. En cualquier lugar que ve que algo tiene un gran poder sobre la hu­manidad, la religión se vuelve competitiva, celosa. La comida tiene un poder tremendo sobre la humanidad. Hay mucha gente que vive para comer y mucha que come para vivir. La religión se asustó. Su Dios se puso celoso de la comida. Apareció la compe­tición. Dijeron: «Matar el sentido del gusto, de otra manera la gente escogerá la comida en vez de escoger a Dios».
La música tiene un poder tremendo: puede poseer. Puede ha­certe estático, intoxicarte. El islam se asustó: la música fue ex­cluida. Se pensó que la música era irreligiosa porque el éxtasis debería venir de Dios y no de la música, como si la música vinie­ra de otro lugar.

 Sucedió que vino un músico a la corte de un emperador. Era un genio muy poco común, y dijo:
-Tocaré mi veena, mi instrumento, sólo con una condición: que nadie deberá mover la cabeza mientras estoy tocando. Nadie deberá mover el cuerpo, la gente deberá volverse como estatuas de piedra.

 El emperador, a quien le dijo que esta condición debería cum­plirse, era un loco. Dijo:
-No te preocupes. Si alguien mueve la cabeza, le será cortada inmediatamente.

 Se avisó a toda la ciudad que si venían a escuchar al músico, supieran bien cuál era el riesgo: «Venid preparados, no os mo­váis, especialmente la cabeza». Miles de personas querían ir. Ha­bían acariciado durante largo tiempo la idea de escuchar a ese músico, y ahora él había llegado con esa condición tan peligrosa, casi absurda. ¿Quién ha oído hablar de un músico que pida que se cumpla tal cosa? De hecho, los músicos se alegran cuando la gente se balancea, cuando las cabezas se mueven y el cuerpo y su energía comienzan una danza sutil. Se sienten felices porque su música está poseyendo a la gente, la música es efectiva, la gente se conmueve. La emoción es un movimiento; por eso la palabra "e-moción". Viene de movimiento.

 Cuando la gente se conmueve, se estremece, se estimula, un músico se siente feliz, recompensado, apreciado. Entonces ¿qué tipo de hombre era ese? Fue poquísima gente, sólo los que esta­ban locamente enamorados de la música, que dijeron: «Está bien, como mucho nos pueden matar, pero a este hombre hay que es­cucharlo». Acudió muy poca gente.

El rey hizo los preparativos: los soldados estaban de pie por todas partes con las espadas desnudas. Entonces el músico co­menzó a tocar su veena. Durante media hora nadie se movió. Los espectadores parecían yoguis, sentados como budas de piedra, sin moverse, como muertos. Entonces de repente fueron poseí­dos. A la vez que el músico entraba cada vez más profundamen­te en la música, algunas cabezas comenzaron a moverse y a ba­lancearse, luego unas pocas más.

 Cuando la música terminó en mitad de la noche, muchas per­sonas fueron apresadas. Iban a ser decapitadas, pero el músico dijo:
-No, no hay necesidad de matarlos. De hecho éstos son los únicos que tienen capacidad para escuchar. No los matéis. Los demás que han permanecido como estatuas tienen que ser expul­sados. Ahora cantaré sólo para esta gente. Éstos son los oyentes reales.
El Rey dijo: -No entiendo.

-Es simple -contestó el músico-. Si no puedes ser poseído tanto como para que la vida deje de tener importancia, no estás poseído. Si no puedes arriesgar la vida, la música es secundaria y la vida es primaria.

 Llega un momento en el que uno puede arriesgar la vida, en­tonces la música se convierte en una prioridad, la música se con­vierte en lo esencial. Entonces escuchas la música ancestral en los pinos, no antes.

 Pero las religiones han matado tu sensibilidad. El islam mató el oído; el hinduismo y el jainismo han matado el gusto. Y todas las religiones han estado en contra de los ojos. Existen historias de santos que se arrancaron los ojos porque temían dirigirlos al deseo, a la pasión.  
   
 En la India se cuenta la historia de Surdas. Iba pasando por una ciudad cuando vio a una hermosa mujer. Fue poseído. Des­pués se sintió culpable, por eso regresó a casa y se arrancó los ojos.

 Pero los ojos no son los culpables. De hecho, ver a una mujer hermosa... no hay nada malo en ello. Si realmente ves a una mu­jer hermosa y tienes realmente ojos sensitivos, verás allí un vis­lumbre de la divinidad, porque toda la belleza es ella, todas las formas son ella. Surdas no deja de cantar la belleza de Krishna, pero si la belleza de Krishna es la divinidad, ¿qué pasa con la mu­jer cuya belleza le atrajo? ¿Por quién fue hipnotizado? La divini­dad es hipnótica.

 Arrancarte los ojos es un crimen en contra de la divinidad. Si Surdas llegó a hacerlo alguna vez, entonces para mí ya no es un santo. Podría ser un gran poeta, pero no un santo. Pero he estado entrando en profundidad en su poesía y siento que de algún modo la historia parece haber sido fabricada. Ha debido de ser una cre­ación de los sacerdotes; o de los llamados religiosos, los medio­cres, estúpidos que no entienden la vida. De otro modo, toda sen­sibilidad te lleva a él, todas las carreteras llevan a él- ¿adonde si no pueden ir?-. Si surge el problema, no es por los ojos... el pro­blema es que no tienes suficientes ojos. Entonces una mujer pa­rece sólo una mujer; tú no tienes suficientes ojos.

 Si te sucede a ti, mi sugerencia es que limpies tus ojos. Hazte más sensitivo. Educa tus ojos, deja que sean cada vez más puros, sin nubes, y la mujer comenzará a transformarse en divinidad y el hombre se volverá divinidad, y los árboles desaparecerán y serán llamas verdes de la divinidad, y los ríos desaparecerán y no habrá nada más que un constante flujo de energía.

 Todas las religiones han estado en contra de tus sentidos, tus indriyas. Yo no estoy en su contra, pero mi comprensión es que siempre que estás en contra de algo, estás en contra de la divini­dad, porque todas las puertas se abren hacia ella y todos los ca­minos te llevan hacia ella. Intensifica tus sentidos, hazte más vi­tal en tus sentidos. Deja que tu sensibilidad sea total y desde cada dimensión tendrás vislumbres de la divinidad.

 Porque por culpa de estas enseñanzas estúpidas y equivocadas estás continuamente en conflicto contigo mismo. Por culpa de es­tas estúpidas enseñanzas amas a una mujer y también te sientes culpable porque la amas, porque de alguna manera te parece un pecado. Amas a una mujer y también la odias, porque ella es la causa de tu pecado. Por su puesto te tomarás la revancha. ¿Cómo puedes perdonar a una mujer que te ha hundido en el barro, como dice la gente religiosa? ¿Cómo puedes perdonarla?

Escucha a tus santos: nadie parece haber perdonado a la mu­jer. Incluso después de convertirse en grandes santos siguen to­mándose la revancha. Todavía, en algún lugar profundo en el in­consciente, la mujer permanece. Todavía tienen miedo. Existe una lucha constante, pelea, incluso en el amor, ¿entonces qué de­cir de otras cosas?

 El amor es lo más aproximado a la divinidad porque en el amor te sintonizas con otro ser; en el amor no eres más un instru­mento solitario. Se crea una pequeña sinfonía entre dos personas. Después nacen los niños y la sinfonía tiene más miembros. Se convierte en una orquesta: niños, familia, amigos. Ya no estás solo, te has hecho parte de algo más grande que tú. Y esto tiene que seguir creciendo de modo que un día toda la existencia es tu familia. Este es el significado cuando Jesús dice: «Dios, mi pa­dre». La palabra en realidad no es "padre", de hecho la palabra es abba; significa más cerca. 

 "Padre" además parece un poco cíni­co" huele a institucionalización. Abba, bapu son tan cercanas, tan íntimas. Se ha creado un puente. La divinidad no es una cosa ale­jada. «Dios es abba y yo soy su hijo. Soy su continuidad. Si él es mi pasado, yo soy su futuro.» Éste es el significado de un hijo: el mismo río sigue fluyendo.

 Llega un momento, si sigues creciendo en sensibilidad, en el que tu familia crece y toda la existencia se convierte en tu casa. Ahora mismo, incluso tu casa no es tu casa; incluso en tu casa, no estás en casa.

He escuchado una anécdota:

 En algunas de las más remotas regiones de Tennesse existen todavía algunos condados sin teléfono. El Servicio Forestal del estado de Tennesse recientemente instaló un teléfono, en uno de esos- condados, y un guardavía trataba de que un nativo conver­sara con su mujer, que se encontraba en una pequeña ciudad a treinta millas de distancia.

 Después de mucho persuadirle, el tío Joe se colocó el auricu­lar en la oreja. Justo en ese momento se oyó un trueno tremendo que hizo caer al viejo de rodillas.
Mientras se ponía de nuevo de pie, se dio la vuelta y dijo: «Es ella no hay duda. Estoy seguro de que es mi mujer».

 Incluso en tu casa no estás en casa. La misma palabra "espo­sa" te crea incomodidad, la palabra "marido" te crea incomodi­dad. En urdu, la palabra para marido es kasam, que también sig­nifica "el enemigo". La raíz original de donde viene es arábica. En árabe, kasam significa "el enemigo", y en urdu, significa "el marido". Ambos son verdad, ambos son los significados de la misma palabra.

 Incluso las personas que amamos, no las amamos suficiente­mente. En nuestro amor, el odio continúa y permanece. Nunca somos uno, nunca somos una unidad; somos un ser dividido, di­vidido en nuestra propia contra. Esta división crea confusión, conflicto, ruido y por culpa de este ruido es complicado escuchar la música eterna.

 Si sigues escuchando continuamente este ruido en tu interior, poco a poco te olvidarás completamente de que existe algo más a su lado, a la vuelta de la esquina. Este ruido interno se convierte en tu vida. Estás todo el día escuchando tu ruido interno -es un estado enfebrecido-, durante la noche también continúas escu­chando el mismo ruido. Por supuesto, este ruido sigue creando capas y capas a tu alrededor. Te quedas casi aislado. Te vuelves como una cápsula, cerrado por todos los lados. No vives en mi mundo, no vives en el mundo de tu mujer, no vives en el mundo de tu hijo, vives en tu propio mundo, en una cápsula. Tu hijo vive en su mundo, tu mujer vive en su mundo. En el mundo hay tan­tos mundos como personas. Todo el mundo está encerrado en sí mismo y sigue proyectando cosas a partir de esos ruidos, sigue escuchando cosas que no se han dicho, sigue viendo cosas que no están allí y sigue creyendo que todo lo que está viendo es verdad. Todo lo que has visto hasta ahora no es verdad, no puede serlo, porque tus ojos no funcionan como pura receptividad, están fun­cionando más como proyectores. Sigues viendo las cosas que quieres ver; sigues creyendo las cosas que quieres creer. La hu­manidad vive en una especie de neurosis.

 He escuchado que una vez un hombre le preguntó a un psi­quiatra:
-De forma simple, en lenguaje cotidiano, sin usar ninguna jerga específica, ¿cuál es la diferencia entre un psicótico y un neurótico?
-Bien -dijo el psiquiatra, después de pensar un momento-, se puede explicar de este modo. Un psicótico piensa que dos y dos son cinco. El neurótico sabe perfectamente que dos y dos son cuatro, pero se muere de preocupación.

 Existen dos tipos de gente en el mundo: los psicóticos y los neuróticos. El psicótico ha llegado, ha sacado sus conclusiones. Es una persona dogmática. Dice: «Sólo mi religión es la verda­dera religión». Dice: «Sólo mi Dios es un verdadero Dios». Está absolutamente seguro. Es muy peligroso. Su seguridad no pro­viene de su experiencia, su seguridad proviene de que en el fondo está muy inseguro, en profundo conflicto, agitación. ¿ Cómo evitarlo? Se aferra a una conclusión. No escuchará nada que vaya en contra de su ideología. Podría ser comunista, o católico, o hindú, o jaina, no hay diferencia. 

 La persona psicótica ya ha llegado, ya tiene sus conclusiones. Ha dejado de crecer, ha dejado de aprender, ha dejado de escuchar; vive de sus conclusiones. Por supuesto, se pierde la vida, porque la vida es un proceso, sin conclusiones. La vida siempre está en el medio, no hay principio ni final. Y es tremendamente vasta. Todos los dogmas pueden tener algo de verdad, pero nin­gún dogma es la verdad, no puede ser. La vida es tan grande que ningún dogma puede abarcarla en su totalidad.    

 Por eso una persona realmente inteligente duda. Nunca es dogmático. Está listo para aprender, listo para escuchar.

 Aquí viene mucha gente. Siempre que veo a alguien que mientras me escucha está tratando de comparar sus notas con sus conclusiones; sé que está metido en un gran lío. Y puedo ver en vuestras caras si estáis comparando notas o escuchándome. A ve­ces asientes con la cabeza, dices: «Correcto, estás perfectamente en lo cierto, ese también es mi razonamiento». Estás de acuerdo conmigo, pero no me estás escuchando -de hecho estás contento porque sientes que estoy de acuerdo contigo-. Otras veces tu ca­beza dice: «No». Puede que no te estés dando ni cuenta de lo que estás haciendo, puede que sea inconsciente, pero este gesto está sacando algo de tu inconsciente. Dices: «No, no puedo estar de acuerdo con esto. Esto va en contra de mi conclusión. Esto no en­caja conmigo». Entonces no me estás escuchando. Eres un psicó­tico. 


Zen
Zen 


 Puede que no tengas muchos problemas y no necesites un psiquiatra todavía, pero no importa mucho, es sólo cuestión de grados. Cualquier día puedes acabar en un hospital psiquiátrico. Te estás preparando.

 Y después está la persona neurótica. Está continuamente en conflicto, no puede decidir ni siquiera sobre las cosas pequeñas. El psicótico ha decidido incluso las cosas más elevadas. Y el neu­rótico no puede ni decidir cosas pequeñas -¿qué vestido me voy a poner hoy?-. ¿Has observado a las mujeres de pie delante de su tocador, tan indecisas? Sacan un saree y de nuevo lo guardan, sa­can otro y lo guardan... ¿Qué vestido me pongo hoy? Para ayu­darte a salir de esa neurosis, te doy un color, el naranja. ¡Libre! No tienes que preocuparte. No te quedan alternativas.

 Ambos tienen problemas: uno no puede decidir las cosas fun­damentales, ha dejado de aprender; y el otro no puede decidir lo trivial, no puede aprender, porque está en un infierno, en total confusión.

 En mi pueblo, justo en frente de mi casa, vivía un joyero. Era el tipo de persona que llamarías neurótico. Cerraba su puerta, daba unos pasos y volvía para atrás una y otra vez para mover el candado y ver si estaba cerrado o no.

 Se había convertido en un chiste en toda la ciudad. Si iba al mercado y alguien le preguntaba: «¿Has cerrado la puerta, o no?»
Ahora es imposible. Dejaba cualquier cosa que estuviera ha­ciendo, y decía: «¡Espera!, ahora vengo», y regresaba corriendo hacia su casa.
Un día estaba bañándose en el río y alguien dijo algo sobre la puerta. Saltó desnudo y se fue corriendo a su casa.

 Lo estuve observando. Regresaba una y otra y otra y otra vez. Le era imposible hacer cualquier otra cosa. El candado... solo imagínate su miseria.  

 Normalmente, tú eres ambos. Éstos son casos extremos: nor­malmente eres ambos. En algunas cosas eres un psicótico, tienes que decidir lo más elevado, si Jesús es el hijo único de Dios, el hijó unigénito; esto es psicosis. Entonces ¿qué pasa con Buda y con Lao Tzé y con Zaratustra? Sobre algunos temas has decidido y sobre otros estás completamente confundido. Una parte de tu ser es neurótico y una parte de tu ser es psicótico. Y por culpa de esta locura no puedes escuchar la música ancestral que siempre está ahí.

 Meditación es salirte de tu psicosis y salirte de tu neurosis; es simplemente salirte de ambas. Porque por un lado no tienes nin­guna conclusión importante contigo y, por el otro, no estás preo­cupado acerca de lo trivial. Simplemente estás en silencio. Sim­plemente estás siendo tú mismo, sin decisiones, sin conclusiones, sin centro y sin estar preocupado por pequeñas cosas. Si puedes estar en un estado en que los pensamientos no interfieran con tu ser, sin pensamientos pasando por delante, de repente estás rebo­sante.

 Ahora esta hermosa anécdota, una de las más hermosas en toda la historia del Zen. Y, por supuesto, pertenece al primer pa­triarca Zen, Bodhidharma. Bodhidharma es el genio del absurdo. Nadie lo ha sobrepasado nunca.     
                                       
Cuando llegó a China, el emperador salió a recibirlo. Habían llegado rumores de que iba a llegar un gran hombre, y él era un gran hombre, uno de los más grandes. El emperador salió a su en­cuentro, pero cuando vio a Bodhidharma, se arrepintió. Empezó a pensar: «Hubiera sido mejor que no hubiera venido. ¡Este hom­bre parece que está medio loco!». ¡Bodhidharma llegaba con un zapato en el pie y un zapato en la cabeza!

 Hasta el emperador empezó a sentirse avergonzado por reci­bir a un hombre como ese y cuando se quedaron solos preguntó muy cortésmente, por qué hacia esto. Bodhidharma dijo: «Esto es sólo el principio. Tengo que preparar a mis discípulos. Si no puedes aceptar incluso esta pequeña contradicción, serás incapaz de entenderme porque soy todo contradicciones. El zapato es sólo un símbolo. En realidad; quería poner el pie en mi cabeza».

 Bodhidharma llevó el Zen desde la India hasta China. Plantó la semilla del Zen en China. Inició un gran fenómeno a su mane­ra. Él es el padre y por supuesto el Zen ha mantenido las cualida­des de Bodhidharma todos estos siglos. El Zen es una de las reli­giones más absurdas, de hecho, la religión tiene que ser absurda porque no puede ser lógica. Está más allá de la lógica.
Estaba leyendo una anécdota. Mientras la leía recordé a Bodhid­hamia. Escúchala.

 Un gran zoólogo informó a un colega de que estaba intentan­do cruzar un loro con un león de la montaña.

-¡No! -exclamó el otro-. ¿Qué esperas conseguir?
-No lo sé exactamente -admitió el científico-. Pero te diré algo, si empieza a hablar será mejor que escuches.

 Leyendo esta anécdpta, de repente Bodhidharma emergió en mí. Era un hombre que también era un león. Normalmente no ha­blaba pero su silencio era también terrible y terrorífico. Te mira­ba a los ojos, totalmente en silencio, y algo como un escalofrío te recorría la espalda. O hablaba, y entonces también era como un trueno. Busca una foto de Bodhidharma y mira: muy feroz y a la vez muy dulce. Un loro cruzado con un león, muy dulce y muy feroz.

 Toda la disciplina del Zen ha mantenido estas mismas cuali­dades. Los maestros Zen son muy duros en el exterior y muy dul­ces en el interior.- Una vez que te has ganado su amor son dulces como la miel, pero tendrás que pasar a través de pruebas. Bod­hidharma, durante nueve años mientras estaba en China, estuvo sentado frente a un muro, mirando la pared. En China se le cono­cía como el hombre, el hombre feroz, que estuvo mirando una pared durante nueve años.

 Se dice que sus piernas se disolvieron, sentado y mirando solamente el muro. La gente llegaba e inten­taba persuadirle: «Míranos, ¿Por qué estás mirando la pared?». Y él decía: «Porque vosotros sois también como una pared. Cuan­do llegue alguien que realmente no sea como una pared, miraré».

 Entonces un día llegó su sucesor. Y el sucesor se cortó una mano, se la dio a Bodhidharma y dijo: «Mira para aquí, de otro modo me cortaré la cabeza». Él se volvió inmediatamente y dijo: «¡Espera! Entonces, por fin has llegado. Te he estado esperando durante nueve años».
Después de nueve años regresó a la India, y fue entonces que sucedió este incidente.


 Después de nueve años, el primer patriarca Zen, Bodhidhar­ma, que llevó el Zen a
China desde la India en el siglo sexto, de­cidió que deseaba regresar a casa.
Reunió a sus discípulos a su alrededor para probar su pecepción.

 ... qué habían aprendido de él, y qué sabían acerca de la ver­dad.. De modo que preguntó: «¿Qué es la verdad? Dímelo en re­sumen». El primer discípulo, Dofuku, dijo:

 «En mi opinión la verdad está más allá de la afirmación o la
negación, pues así es como se mueve».
Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 Lo que el discípulo dijo era verdad, pero no la verdad. No es­taba equivocado, pero era filosófico. No era su experiencia, no era existencial. Dijo: «En mi opinión...», como si la verdad de­pendiera de tu opinión.

 La verdad es independiente de toda opinión. Lo que pienses sobre la verdad carece de importancia; de hecho, porque estás pensando, no serás capaz de conocer lo que es. Eso sólo puede ser conocido cuando el pensamiento se detiene, cuando todas las opiniones son abandonadas, dejadas a un lado. Por eso digo, ver­dadero, pero no verdad; una opinión no es algo erróneo, está bien informada, pero todavía es una opinión. Dofuku no lo ha experi­mentado en sí mismo. Parece que tiene una inclinación filosófi­ca. Ha estado especulando, pensando, tejiendo teorías.


 Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 Si hubiera sido sólo filosófico Bodhidharma no hubiera dicho ni siquiera esto. Pero dijo: «Tú tienes mi piel», la parte más ex­terna, en la misma circunferencia de mi ser. ¿Por qué? Porque dijo que la verdad está más allá de la afirmación o de la negación. Ni se puede decir de la verdad que es, ni tampoco se puede decir que no es. Tiene alguna intuición. Ha ido tambaleándose en la os­curidad a través del pensamiento, de la lógica, pero ha alcanzado una cierta percepción. Y esa percepción es hermosa. No se puede decir nada sobre la verdad.

 No puedes decir Dios es, no puedes decir Dios no es, porque si dices Dios es harás de Dios un objeto, como una mesa, o como una casa. Entonces Dios se convertirá en una mercancía, en una cosa corriente. Y entonces, como dicen los filósofos lingüistas, la mesa puede ser destruida. Todo lo que es puede volverse "no es". La casa puede ser demolida. El árbol está aquí hoy; mañana po­dría no estar.

 Entonces ¿qué pasa con Dios? ¿Si usas la palabra "es", enton­ces qué pasa con Dios? ¿Puede ser Dios en una situación donde no es? Porque siempre que se usa "es" también existe la posibili­dad de "no es". No, no se puede decir que "Dios es". Pero, ¿po­demos decir lo opuesto, "Dios no es"? Eso tampoco es posible porque, si no lo es, ¿qué sentido tiene decir que Dios no es? ¿A quién estás negando y por qué? Si no es, no es. ¿Qué sentido tie­ne negarlo? Y la gente lo niega tan apasionadamente que esa mis­ma pasión está diciendo: «Debe existir, Dios debe existir».

 Mira a los ateos que dicen: «No, no hay Dios». Están prepa­rados para luchar. ¿Quién lucha por algo que no existe? ¿Por qué te preocupas? Conozco ateos que han estado pensando toda su vida y tratando de probar que Dios no existe. ¿Porqué malgastas tu vida en algo que no existe? Durante siglos la gente ha estado escribiendo libros, discutiendo y hablando sobre si Dios no exis­te. Pero ¿por qué te preocupas? Parece que Dios existe, de algu­na manera, y tú no puedes descansar tranquilo a menos que prue­bes que no existe. De otro modo seguirá desafiándote, seguirá llamándote, invocándote. Por eso, para quedarte tranquilo, has creado una filosofía que dice que no existe. Esto es una raciona­lización.

 Y Dios es tan vasto... llámalo verdad, como le gustaría a Bodhidharma. A los budistas no les gusta la palabra "Dios", y de algún modo tienen razón, porque la palabra está tan corrom­pida y tanta gente la ha usado con unas connotaciones tan equivocadas que se ha convertido casi en una palabrota. La verdad debe ser ambas cosas, porque en la verdad la existencia y la no­-existencia deben encontrarse. La existencia no puede ser en so­ledad, necesita no-existencia a su lado. Así como el día necesi­ta la noche, así como la vida necesita la muerte, la existencia necesita la no-existencia. Por eso lo más elevado necesita abar­car ambas cosas... esto es lo que dijo Dofuku. Pero es todavía filosófico; en el camino correcto, pero todavía filosófico, justo en la periferia.

Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi piel».

 Pierre Laplace era un matemático, un astrónomo, que en los tiempos de Napoleón escribió un pesado trabajo de cinco volú­menes sobre matemáticas celestes. En él, usando la ley de New­ton de la gravedad, calculó concienzudamente los movimientos del sistema solar en minucioso detalle.
Napoleón, que se consideraba a sí mismo (sin demasiados motivos) un intelectual, ojeó los primeros volúmenes y le dijo a Laplace: «No veo que menciones a Dios en tus explicaciones so­bre los movimientos de los planetas». «No he necesitado esa hi­pótesis, señor - dijo el científico cortésmente.»

 Se dice que otro astrónomo, Lerange, al oír la observación, dijo: «Pero sigue siendo una hermosa hipótesis. Se puede usar para explicar tantas cosas...».

 Para la mente filosófica Dios permanece, a lo sumo, como una bella hipótesis; no una verdad, sino una hipótesis muy prác­tica que puede ser usada para explicar muchas cosas; a lo sumo, una ayuda para explicar, una necesidad sólo teórica, no una ne­cesidad existencial. Cuando un filósofo habla de Dios, este Dios es frío, este Dios no es suficientemente cálido. No puedes amar a este Dios, no puedes adorar a este Dios, no puedes rezar a este Dios, no puedes rendirte a este Dios; es sólo una hipótesis.

¿Cómo puedes rendirte a la teoría del HzO? ¿O a la teoría de la re­latividad? ¿Cómo puedes rendirte, cómo puedes levantar un tem­plo a la teoría de la relatividad? Por bonita que sea, no puede ser venerada, no puede ser adorada, no puedes rezarle. Permanece como una hipótesis, una herramienta en tus manos para explicar algunas cosas que no pueden ser explicadas de otra manera. Pero una hipótesis puede ser descartada en cualquier momento; siem­pre que puedas encontrar una hipótesis mejor, puede ser descar­tada. La verdad no es un hipótesis, es una experiencia vivida.

 Por ello Bodhidharma dice: «Sólo tienes mi piel». La piel si­gue cambiando. Cada siete años toda tu piel cambia; tú no tienes ni una sola célula de la misma piel. Si vives setenta años, tu piel habrá cambiado diez veces. La piel es tu parte más externa, pue­de ser reemplazada fácilmente; está siendo reemplazada en cada momento. Es sólo la bolsa en la que estás, no es demasiado esen­cial. No es tu ser, sólo el muro exterior de tu morada.

 La monja Soji -el segundo discípulo- dijo: «Desde mi punto de vista, es como
la visión de Ananda del país del Búda: una vez visto, visto para siempre».
Bodhidharma respondió: «Tú tienes mi carne».

 Un poco mejor que el anterior; más profundo que la piel, está la carne. Un poco mejor, porque éste no es un punto de vista filo­sófico. Se acerca a la experiencia, pero la experiencia es presta­da. Ella dice:

 «Desde mi punto de vista, es como la visión de Ananda del país del Buda...».

 Ananda era el discípulo principal de Buda que vivió conti­nuamente con él durante cuarenta años, siguiéndole como una sombra. Por eso la monja dijo: esa verdad es como la visión de Ananda del país del Buda, ese país del paraíso, país de luz. Una vez visto, visto para siempre.  Entonces nunca puedes olvidarte de él, es un punto sin retorno. Una vez conocido, se conoce para siempre; entonces no puedes caerte de él. Pero la experiencia no es la suya propia. La percepción es la de Ananda. Ella está toda­vía comparando. Su respuesta es teológica, no es filosófica; teo­lógica, como la de un teólogo cristiano que sigue hablando acer­ca de la experiencia de Jesús, como la de un budista que continúa hablando acerca de la experiencia de Buda, o la de un jainista que sigue hablando de la experiencia de Mahavira. Es de segunda mano, no de primera; tirando más a lo existencial, pero todavía teológica; más contemplativa que la primera -la primera es más especulativa, la segunda es más contemplativa-, mejor, pero to­davía lejana.

 Entonces el tercer discípulo, Doiku, dijo:

 «Los cuatro elementos (luz, viento, fluidez, y solidez) están vacíos y los
cinco skandhas son nada. En mi opinión, nada es la realidad.
Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».

 Más profundo, pero todavía no en casa. La afirmación es ver­dadera, pero todavía es una afirmación. La verdad está mejor di­cha, pero todavía dicha; y la verdad no puede ser dicha. Una vez que la dices, la falsificas. El mismo decirlo la hace falsa. Él tiene razón, los cuatro elementos -luz, aire, fluidez y solidez, es decir, toda la existencia- están vacíos. No tienen sustancia en sí; es como un sueño, de la misma sustancia de la que están hechos los sueños, maya, ilusión; nada-es realidad. La nada es la realidad: De acuer­do... pero está tratando de decir algo que no puede ser dicho.

 Wittgenstein ha dicho que cuando el enunciar lleva a la false­dad es mejor permanecer en silencio. Si no se puede decir, per­manece en silencio, porque digas lo que digas, será traicionar la verdad.

 Bodhidharma comentó: «Tú tienes mis huesos».
(Has llegado muy, muy cerca, pero todavía no has acertado.)

Finalmente, Eka se inclinó ante su maestro y permaneció en
silencio. Bodhidharma dijo: «Tú tienes mi médula».
(Tú tienes mi espíritu.)

 Eka se postró ante su maestro. Ésta fue su respuesta: inclinán­dose en profunda gratitud, un gesto de agradecimiento y luego permaneció en silencio. Ésta es la verdadera afirmación, y no es una afirmación en absoluto. La verdad puede ser dicha sólo a tra­vés del silencio porque sólo a través del silencio la verdad es es­cuchada. Es a través del silencio que se llega a escuchar la músi­ca ancestral en los pinos. Y sólo a través del silencio puedes decirla sin traicionarla.

 Eka hizo dos cosas. Se postró: ese es un gesto, un gesto de profunda reverencia, respeto, agradecimiento, gratitud. En ese momento Bodhidharma pudo ver un vacío postrándose delante de él. No hay nadie en este cuarto discípulo, Eka. Él es única­mente un vacío en su interior. Él es aquello que el tercero dijo: vacío, nada. Él ha experimentado lo que el segundo señaló: el país del Buda de Ananda. Él es lo que el primero trató de decir fi­losóficamente: más allá del sí y el no. Sólo el silencio está más allá de la negación o la afirmación.

 Sólo el silencio no es ni teísta ni ateo. Sólo el silencio es reli­gioso, sólo el silencio es sagrado. Para mostrar lo sagrado del si­lencio, se postró y permaneció en silencio. Realmente lo dijo sin decirlo. Éste es el único modo de decirlo y no existe otro.

 Bodhidharma dijo: «Tú tienes mi médula».
(Tienes el centro más profundo de mi ser.)

 Puedo ver las nubes a mil kilómetros de distancia, escuchar la música ancestral en los pinos. También tú puedes escucharla. Es tu derecho de nacimiento. Si te lo pierdes, sólo tú, y únicamente tú serás el responsable. Escucha en los pinos... Sólo escucha. En este mismo momento está allí. Sólo tienes que estar como Eka: en profundo agradecimiento, en silencio, e inmediatamente está aquí y nunca ha sido de otra manera. Sólo es preciso un giro ha­ciá tu interior, paravritti.

 Alguien preguntó al Buda: «¿Cuál es el milagro más gran­de?». El dijo: «Paravritti, un giro hacia tu interior».
Ve hacia adentro, conéctate, y serás capaz de ver las nubes a mil kilómetros de distancia, y serás capaz de escuchar la música ancestral en los pinos.



Osho Zen
Osho Zen 






Fuente: Osho/Bhagwan Shri Rajnísh/es.wikipedia.org/
Fuente: www.oshogulaab.com